viernes, 31 de octubre de 2014

OS QUIERO




A los compañeros de camino unidos por el empeño de blanquear nuestras vestiduras (Ap. 7,14)
Os quiero alegres, sí, felices, superando las frustraciones, no permitiéndonos caer  en el escapismo, no sustituyendo la gran tribulación por decorados de  halloveem que, dejan el día siguiente, llenas de basura las calles y la vida.
Sí, os quiero alegres, os quiero felices, viviendo la vida a tope, convencidos de que cada ocasión es única para vivirla en profundidad y, si la desperdiciamos, estamos optando por la superficialidad, por un mundo chiquito, por la mediocridad, y no os quiero mediocres.
Os quiero alegres, felices, incluso en vuestras lágrimas. Os quiero sin avergonzaros de ellas. Os quiero permitiendo que otros se solidaricen con ustedes a través de las suyas.
Os quiero, cuando digo felices hasta en vuestras lágrimas, no masoquistas, sino que vuestro llanto nazca de la vida y por la vida, y no sea un artilugio para despertar lástima o conseguir objetivos preestablecidos.
Os quiero frontales. Os quiero mirar a los ojos y que, de igual manera, me miréis. Que si bajamos la mirada o cerramos los ojos no sea huida  sino deseo de guardar en nuestra profundidad esa experiencia de comunión.
Os quero capaces de levantaros, capaces del re-encuentro, del re-comenzar, de NO re-nunciar al futuro, capaces de re-primir el ego que anula la alteridad.
Os quiero niños de imaginación, jóvenes de ilusiones, adultos de fortaleza y potencia engendradora de vida, maduros de experiencia y tercera edad de plenitud desde la concepción de lo que me falta.
Si, os quiero así, ni más ni menos, porque os quiero santos, porque os quiero compañeros en mi aspiración a la santidad.
Y creo que Dios es algo así y bastante más
Y esto hay que celebrarlo.
Porque, en resumen, os quiero
José Luis Molina
                                                           En la fiesta de Todos los Santos

martes, 28 de octubre de 2014

BONITO ARTÍCULO PARA FRANCISCO QUE PUEDE DESPERTARNOS A TODOS



  • No te rompas, Francisco-roca

Se le acumula el trabajo y los problemas a Francisco. Tanto dentro como fuera. Dentro, porque los "príncipes" curiales, los controladores del poder eclesiástico se resisten a arrancarse sus galones. El poder es la mayor tentación del alto clero. Y fuera, porque el mundo arde. Sobre todo, en Oriente Medio con la guerra y, en África, con el pánico provocado por el Ébola. Y todos los ojos del mundo se tornan, una vez más, hacia el Papa.
Todos quieren que involucre su autoridad moral planetaria conquistada en poco más de un año en las grandes causas de la humanidad doliente y sufriente. ¿Podrá con todo Francisco? ¿Será capaz de seguir cargando sobre sus hombros el peso de la Iglesia (sobre todo de la que se resiste al cambio) y el peso de la guerra y de los dramas del mundo?
Cuenta con la fuerza de Dios y con la ferviente oración de los creyentes. Pero los problemas parecen irresolubles, incluso para un Papa como él. Y Francisco sufre y experimenta el dolor de la impotencia. Las fuerzas del mal acechan.¡Cómo tiene que dolerle la guerra de Israel contra Gaza, después del intento de paz escenificado en la oración en el Vaticano con los presidentes de Israel y de Palestina!
Los buitres de la guerra sobrevuelan de nuevo el cielo del Medio Oriente. En Gaza, pero también en el interminable conflicto de Siria, al que ha venido a añadirse el del Ejército Islámico en Irak. Fanáticos que en nombre de Dios matan y utilizan la religión para esparcir odio y violencia.
Al dolor de la guerra, se ha añadido estos días el pánico ante el Ébola en África. Y los ojos de los africanos se vuelven también hacia el Papa. Para que se involucre, una vez más. Y pida ayuda urgente del mundo. Y solicite a USA que adelante lo máximo posible la vacuna que pueda contrarrestar la mortal epidemia.
Y Francisco no es un Papa que se esconda. Al contrario, se implica, no escapa, no se justifica, no claudica, no huye. Interviene, se hace presente, hace lo que dice, predica y da trigo. Francisco está siempre "en salida", en la actitud que le pide a su Iglesia. No se reserva, no anda con componendas, no utiliza la falsa prudencia, para esconderse detrás de ella.
¿Podrá con todo ese peso Francisco? ¿No es demasiado para una sola persona? ¿No es demasiado peso sobre sus hombros? Sólo nos queda rezar por él. Y pedirle al Altisimo que lo cuide.
¡No te rompas, Francisco-roca! La Iglesia y el mundo te necesitan. ¡Queda tanto por hacer! No te rompas, papa de los pobres. Eres su única esperanza. No te rompas, papa de la paz. Sin ti, los halcones de la guerra reinarán a sus anchas en Oriente Medios y en el mundo.
José Manuel Vidal

IR AL TRABAJO

Para que además de humor, tuviera también otras dimensiones interesantes, le falta la referencia a los transportes colectivos. De todas maneras es divertido

MUY INTERESANTE. sI SOMOS CREYENTES, NUESTRO LUGAR NO ES LA INDIFERENCIA



Aunque parezca mentira, la seriedad del autor, González Faus, para mi es garantía sobrada

Confidencia de Francisco a un obispo que le fue a visitar a Roma
"Reza por mí; la derecha eclesial me está despellejando. Me acusan de desacralizar el papado"


Puedo garantizar la anécdota porque me la contó su protagonista: un obispo (de cuyo nombre no debo acordarme) a quien Francisco, el actual obispo de Roma, le dijo literalmente en conversación privada: “reza por mí; la derecha eclesial me está despellejando. Me acusan de desacralizar el papado”.Permítaseme preguntar si lo que está haciendo Francisco es desacralizar el papado o más bien cristianizarlo. Hace unos diez siglos, san Bernardo escribió una carta al papa Eugenio III y lo que le pedía en ella viene a ser otra “desacralización” del papado: que se parezca a Pedro y no a Constantino (o al sumo sacerdote judío), y que recuerde que Pedro no necesitó grandes palacios, ni mantos de armiño, ni lujosos medios de transporte para anunciar a Cristo. Por si fuera poco, el nada sospechoso Benedicto XVI declaró poco antes de su renuncia que esa carta de san Bernardo debería ser libro de cabecera para todos los papas.
Pedro fue muy apreciado en la iglesia primera, pero el libro de los Hechos de los Apóstoles no da ningún testimonio de que ello se debiera a una sacralización de su persona o de su ministerio: se le quería porque era perseguido y encarcelado, porque tenía intuiciones de líder sobre los nuevos caminos que había de emprender la iglesia primera, quizá también porque era humano y se le podían pedir cuentas cuando daba un paso que algunos timoratos no entendían (como entrar en casa de un pagano), o incluso se le podía reprender públicamente como hizo Pablo…
Algo parecido a lo que pedía san Bernardo es lo que intenta Francisco. Pero eso es cristianizar al papado. ¿O acaso habrá que acusar al mismo Jesucristo de “desacralizar” a Dios, por haberse vaciado de su rango divino y haber asumido figura de siervo (Fil, 2,6 ss)? Pues no: más bien hay que decir que un ministerio de Pedro sacralizado no hace más fácil la evangelización, ni más auténtica la fe de los católicos. Sólo sirve para que la curia romana se autosacralice a sí misma bajo la sombra del papa.
Tratando de comprender esa desviación cabría decir que brota de lo que suele presentarse como lo más característico, la gran virtud y el gran peligro de lo “católico”. Kat-hólico significa universal, pero no en sentido cuantitativo sino cualitativo: significa que ninguna dimensión natural queda fuera de lo cristiano (salvo el pecado que, por muy metido que lo tengamos, es lo más antinatural). Católico deriva del mismo vocablo griego (“holon”, en lugar de “pan”) de donde procede nuestra palabra holístico puesta hoy tan de moda, y que se refiere a una totalidad, pero en sentido distinto al que pueden evocar palabras como ”pan-germanismo” o pan-sexualismo.
Por eso se decía antaño que la diferencia entre catolicismo y protestantismo estaba sólo en una “y” (fe y razón, Dios y hombre, Gracia y libertad, vertical y horizontal…). Ésta sería la gran virtud de lo católico. Su gran peligro, de ahí derivado, es que puede contribuir a que nos perdamos en detalles ensombreciendo lo esencial cristiano y creyendo que comulgar en la boca (por ejemplo) es más santo y más piadoso que hacerlo en la mano. Al querer afirmarlo todo, se da el mismo valor a todo y se difumina la tremenda radicalidad cristiana. 


La reforma de Lutero buscó en realidad una concentración en eso esencial cristiano, que luego algunos tacharon de reducción. Pero también se ha podido tildar a algunas personas y posturas católicas de ser “muy católicas pero muy poco cristianas”, terrible aviso que ya lanzó Fernando de los Ríos en 1933. Los shows multitudinarios del papa Wojtila con los gritos de “totus tuus” o “santo súbito” podrían ser tachados de muy católicos pero quizá poco cristianos. Y en fin: no sé si cabe decir que el protestantismo es como el canto gregoriano y el catolicismo como la polifonía barroca (y esto lo escribe un católico admirador del gregoriano).
Todos esos entornos de vestimentas especiales (y con sastres especiales), residencias regias, genuflexiones, apelativos de “santo padre”, viajes especiales… son en realidad muy secundarios. Cuando se los exagera y se los absolutiza contribuyen a crear una aureola idolátrica en torno al sucesor de aquel pescador de Galilea, llamado Pedro. Jesús no se sirvió de esas auras sagradas para anunciar la paternidad de Dios y el reinado de Dios. Y con el cristianismo se ha abolido la distinción entre lo sagrado y lo profano: porque, según Jesús, lo único sagrado es el ser humano, que está por encima de todos los “sábados” de la historia. De modo que, seguramente, el Maestro repetiría hoy a todo esos monseñores preocupados, sus palabras de antaño: “deja a los muertos que entierren a sus muertos, y ve a anunciar el reinado de la libertad de los hijos de Dios y la fraternidad de los hermanos en Cristo” (Lc 9,60).
Así pues: ¿que Francisco está desacralizando el papado? Demos gracias a Dios por ello, porque contribuirá a purificar la fe de los católicos facilitando además el acercamiento de otras iglesias cristianas. Porque, aunque sea cierto que a Dios sólo llegamos a través de mediaciones, eso no significa que debamos sacralizarlas.
José Ignacio González Faus

lunes, 27 de octubre de 2014

PUEBLOS DE LA PROVINCIA DE CÁDIZ: ESTELLA DEL MARQUÉS


Esta localidad cuenta con unos 1650 habitantes.

Es una pedanía del ayuntamiento de Jerez de la Frontera pero en 1971 consiguió la consideración de Entidad Local Menor Autónoma.

Fue fundada en la década de 1950 por el Instituto Nacional de Colonización con 30 familias de colonos principalmente del Puerto de Santa María y Alcalá del Valle.





Su escudo son tres árboles, símbolo de la esperanza de los colonos de hacer fériles y productivas las nuevas tierras y la estrella de siete puntasen representación de cada uno de los 7 pueblos de colonización que surgieron en la zona.

De su bandera, el blanco simboliza la paz, el rojo el esfuerzo y el verde la esperanza.

Está a unos 5,5 km de Jerez de la Frontera.

En su término se encuentra el parque forestal de las Aguilillas.

Las fiestas principales son en septiembre y la romería en febrero.

Se ha hecho importante el "Mercadillo de los Domingos".

lunes, 20 de octubre de 2014

MAS SOBRE EL SÍNODO DE LA FAMILIA

"Se respira un ambiente como el del Concilio Vaticano II". Francisco ha conseguido, según el consenso de los padres sinodales, que la primera parte de la Asamblea sobre la familia se convierta en un foro de debate, libre y sin límites, en el que conservadores, moderados y progresistas discutan sobre la comunión a los divorciados vueltos a casar, las uniones de hecho, las parejas gay, la educación de los hijos o el sexo.
Con informaciones diarias, pese a las críticas de un sector, comandado por el prefecto de Doctrina de la Fe, cardenal Müller, quien lamenta que no se publiquen las intervenciones íntegras de los participantes, con nombres y apellidos, y que sea la Oficina de Prensa de la Santa Sede quien elabore los resúmenes de las congregaciones. En todo caso, tal y como señaló el secretario especial del Sínodo, Bruno Forte, en el Sínodo está impreso el "estilo de Francisco" de una Iglesia que madura y "de búsqueda y de escucha".
En su encuentro con la prensa de este mediodía, Forte ha hecho un llamamiento para que los laicos sean "protagonistas" y alcen la voz en las diócesis para encontrar soluciones verdaderas durante este año intermedio entre este Sínodo y el que viene, convocado por el Papa Francisco del 4 al 25 de octubre de 2015 bajo el título 'La vocación de la familia en la Iglesia y en el mundo contemporáneo'.
En este sentido, Forte ha reivindicado el protagonismo de los laicos para encontrar soluciones verdaderas y ha agradecido a los expertos su testimonio. "A veces veo que los laicos son más clericales que el clero, y esto no va", ha expresado.
Por su parte, el relator general del Sínodo, cardenal Peter Erdo, ha dejado claro que al final de este Sínodo se publicará un texto, la 'Relatio Sinodalys', que "no tendrá ningún valor jurídico ni servirá como recomendación", sino que será "un texto de trabajo" que se usará de base para el siguiente Sínodo convocado para el año que viene.
Religión Digital

jueves, 16 de octubre de 2014

NO QUEREMOS UNA IGLESIA QUE VAYA A REMOLQUE




Escrito por  José María Castillo
 
Según el uso figurado, que se suele hacer del verbo "remolcar", cuando decimos que alguien va "a remolque", lo que en realidad estamos afirmando es que quien va así por la vida, es porque tiene que hacer lo que hace sin sentirse atraído para hacerlo. O lo hace a regañadientes y porque no le queda más remedio. Baste pensar que "remolcar" es sinónimo de "arrastrar". Es decir, el que va "a remolque" es que va "arrastrado". Y, la verdad, verse arrastrado, en este mundo y en la historia, no es una cosa agradable. Ni, por supuesto, ejemplar.
Pues bien, quienes tenemos creencias religiosas y, además, hemos puesto esas creencias en lo que hizo y dijo Jesús de Nazaret, tal como eso ha llegado hasta nosotros por medio de la Iglesia, con frecuencia tenemos la impresión de que esta Iglesia que vemos, va por la vida a remolque de los cambios que se producen en la historia, en la cultura y en la sociedad...
A veces, me figuro a la Iglesia - ya lo he dicho en otra ocasión - como una cuadriga romana que avanza al trote de los caballos por una autopista en la que los coches corren a 120 por hora. Naturalmente, una cuadriga romana por una autopista es una cosa llamativa, curiosa, extraña, interesante, pero es poco práctica. Y, desde luego, con un transporte así, se llega siempre tarde y mal a todas partes. Porque siempre vas con retraso, sin duda con bastantes siglos de retraso.
Y es que, como ha escrito (no hace mucho) un conocido filósofo francés, Fréderic Lénoir, se ha hecho tan grande la distancia entre los mandamientos de Cristo y las prácticas de la institución eclesiástica, que estas prácticas responden cada vez menos al Evangelio, y cada vez más a la necesidad de asegurar la supervivencia, el desarrollo y la dominación de los hombres de Iglesia.


Un caso bien conocido fue el de la Inquisición, que se abolió en el s. XVIII (en España, ya entrado el XIX), pero ¿por qué? ¿fue porque la Iglesia se dio cuenta de su abominable comportamiento y decidió enmendarse? No. Simplemente porque ya no contaba con los medios que requería su voluntad de dominación. Porque la separación de la Iglesia y el Estado privó a los clérigos inquisidores del "brazo secular", que era imprescindible para matar a los herejes. Cuando los poderes públicos se negaron a matar a la gente por sus ideas religiosas, entonces fue cuando la institución eclesiástica se puso a decir que no se podía quemar vivos a quienes no estaban de acuerdo con lo que pensaba el Santo Oficio.
Y sabemos que, a lo largo del s. XIX, las ideas de la modernidad y de la Ilustración se fueron imponiendo en contra de la tenaz resistencia de los poderes de la Iglesia. Incluso antes, ya desde los siglos XVI, XVII y XVIII, el poder eclesiástico se opuso a Galileo, a Darwin, a la libertad, igualdad y fraternidad que defendió la Declaración de los Derechos del hombre y del ciudadano, de la Asamblea francesa, en 1789. Una declaración a la que el papa Pío VI se opuso con firmeza en marzo de 1790.
Y bien sabemos que todo el siglo XIX fue una secuencia de enfrentamientos continuos entre los hombres de la política y de la ciencia, por una parte, y los hombres de la Iglesia, por otra. Todavía, en 1878, León XIII se lamentaba de que los socialistas estuvieran enseñando que "todos los hombres son por naturaleza iguales" (ASS XI, 372), ya que, a juicio de aquel papa, "la desigualdad en derechos y poderes dimana del mismo Autor de la naturaleza"... para que "la obediencia se haga fácil y nobilísima"(ASS XI, 372).
Es demasiado larga la lista de estos enfrentamientos que, por otra parte, son de sobra conocidos. La pena es que, a estas alturas, cuando la Iglesia se va quedando más y más marginada por los escándalos y sombras oscuras que han obligado a un papa a dimitir de su cargo, y cuando nos encontramos con la grata esperanza de otro papa (Francisco) que nos abre ventanas de luz y de esperanza, todavía tenemos cardenales, obispos, curas y laicos que se empeñan en seguir manteniendo la misma intolerancia que hundió a la Iglesia en la miseria.
Nos sobran razones para pensar y decir que son muchos los que quieren todavía que la Iglesia vaya siempre a remolque de la cultura, de la sociedad y de la historia.
Al decir estas cosas, estoy pensando en los problemas que, en estos mismos días, se plantean en el Sínodo sobre la familia, convocado por el papa Francisco. Lo indignante, en este momento, es que sobre la familia y el matrimonio no hay en la Iglesia ningún dogma de fe. Ni siquiera se puede demostrar que el matrimonio cristiano sea un sacramento, ya que los cánones de la Sesión VII del concilio de Trento no son definiciones dogmáticas. Según las Actas del concilio, a los obispos y teólogos, que tomaron las decisiones sobre los sacramentos, en contra de las enseñanzas de la Reforma de Lutero, se les preguntó si lo que condenaban eran "errores" o "herejías". Pero no llegaron a ponerse de acuerdo sobre esta cuestión capital. No hubo, por tanto, ni siquiera sobre este asunto tan fundamental, un acuerdo vinculante para la fe de los católicos (ya demostré documentalmente esta cuestión en mi libro sobre los sacramentos, Símbolos de libertad, p. 320-343).
Pues bien, si el Sínodo no tiene que ajustar sus decisiones a previos dogmas de fe, que limiten a la máxima autoridad de la Iglesia su capacidad de decidir en asuntos de tanta importancia para la vida y la felicidad (o la desgracia) de familias, matrimonios, personas homosexuales, mujeres que reclaman los mismos derechos que tenemos los hombres..., ¿en qué argumentos se basan los más integristas para oponerse a determinadas decisiones que ya han sido tomadas por la cultura y la sociedad de nuestro tiempo en no pocos países de tradición cristiana? ¿No se dan cuentas esos integristas intolerantes de que, por mantener sus ideas y sus poderes, lo que realmente consiguen es aumentar el sufrimiento de millones de personas y desprestigiar cada día más a la Iglesia?
Quienes intervienen directamente en el Sínodo deberían tener presente que los cristianos siguieron los mismos condicionamientos y usos, por lo que se refiere al casamiento, que el contorno pagano. Esta situación duró, por lo menos, hasta el s. V.
Y en asuntos, como el del divorcio, se sabe que el papa Gregorio II (año 726) le escribía a san Bonifacio una carta en la que le comunicaba que un feligrés al que su esposa, por enfermedad, no podía darle el débito conyugal, podía casarse con otra mujer (PL 89, 525).
Por lo demás, los expertos en historia del Derecho en Europa saben que, durante la Edad Media, la Iglesia se regía por el Derecho Romano. Es más, "la custodia de la tradición jurídica romana recayó fundamentalmente en la Iglesia" (Peter G. Stein, El Derecho romano en la historia de Europa, p. 57). Incluso, en el concilio de Sevilla, presidido por san Isidoro en el año 619, se proclama que el Derecho romano era la lex mundialis (Conc. Hisp. II, can. 1-3; cf. Cth. 5.5.2).
Por lo demás, nunca deberíamos olvidar que cuando la Iglesia, precisamente en los asuntos que conciernen al matrimonio y a la familia, aceptó (sin más) las leyes civiles vigentes en la sociedad, entonces justamente fueron los tiempos en los que la Iglesia vivió su época de mayor crecimiento y su influencia en la transformación de Europa fue decisiva.
Mientras que, por el contrario, cuando la Iglesia empezó a tener sus leyes propias, en asuntos sobre los que el Evangelio no se había pronunciado para nada, entonces ocurrió que los dirigentes eclesiásticos tuvieron que dedicar su tiempo y sus energías a defender unos derechos que ellos habían argumentado desde una presunta ley natural (que nadie sabe exactamente ni en qué se fundamenta ni qué obligaciones impone), cosa que sirvió para alejar a la Iglesia del pueblo, dando motivo para una serie de conflictos que ahora no sabemos cómo resolver.
Y así, nos encontramos con una lista interminable de contradicciones que ve todo el mundo, excepto las personas que acaban por cegarse con su fundamentalismo integrista.
· La última monarquía absoluta que queda en Europa es el Estado de la Ciudad del Vaticano.
· El único Estado que aún no ha firmado los pactos internacionales sobre los Derechos Humanos, es también el Vaticano.
· La única ley que no admite la igualdad entre hombres y mujeres es el Derecho Canónico.
Cuando crece el número de los países cristianos que admiten, en sus leyes civiles, el matrimonio entre personas homosexuales, la autoridad eclesiástica se resiste a aceptar ese modelo de matrimonio y de familia.
Cuando más de la mitad de las parroquias del mundo no tienen ya un sacerdote que las pueda atender, el integrismo clerical prefiere que la gente se quede sin sacramentos con tal que ni los sacerdotes puedan ser hombres casados o que las mujeres puedan presidir una celebración de la eucaristía.
La cosa, por tanto, está clara: la autoridad eclesiástica prefiere seguir a remolque de la sociedad, de la cultura y de la historia, con tal de mantener su autoridad intacta, por la sencilla razón de que quienes piensan así, prefieren mantener intactas sus ideas e intocable su poder, aunque la Iglesia termine de hundirse y la gente que todavía tiene creencias cristianas se hunda con ella en la desesperanza.