Setenta veces siete dice el Señor.
Cuando me he topado con las lecturas
de este domingo, me he acordado, ha venido a mi con una tremenda fuerza, el Año
Jubilar 2000.
En aquel entonces yo me encontraba en
Latinoamérica, en Ecuador.
Era mi cuarto año.
Y también ha sido fuerte la añoranza.
¡ Con cuanta ilusión trabajamos con
nuestras gentes el Año Jubilar!.
¡EL JUBILEO DE LA MISERICORDIA! Se
llamaba. Profundizamos con la gente en los textos del Antiguo Testamento para
entender que era eso del Jubileo. No era un acontecimiento espiritual para ganar indulgencias que concedía el Papa
de Roma.
Era algo más apoyado en el suelo pero
más sacramento de Dios. Era una fiesta judía llamada a que cada 50 años se
cancelaran las deudas, se devolviera a sus dueños las propiedades retenidas y
se diera libertad a los siervos y esclavos.
Eran tiempos de lucha por la
dignidad, no por la comodidad.
En aquel Año Jubilar, lo confieso,
trabajé con mucha ilusión. Allí, en las comunidades cristianas que bebían de la
Teología de la Liberación, este trabajo estaba orientado a conseguir, para los
países del Tercer Mundo, , la condonación de la deuda externa, deuda que las
potencias económicas y el F.M.I (Fondo Monetario Internacional) habían generado
prestando dinero, que a ellos les sobraba, para invertir en lo que a ellos les
interesaba, no en lo que estos países necesitaba, ,y negociar con los intereses
y las economías de Tercer Mundo, cada vez más encadenado y en sus manos. Este
dinero prestado no liberó a los pobres de la pobreza. Los hizo aún más pobres
mientras a sus costas se enriquecían más los ricos de cada país. Luego la deuda
tenían que pagarla con los impuestos de los pobres, pues, los ricos, casi siempre, evadían los
impuestos. Allí los niños no nacían con un pan bajo el brazo, como se decía en
España. Allí los niños nacían con una deuda a las espaldas. Eso si que es un
pecado original. ¡Qué bueno si el Año Jubilar se convertía en un bautismo que
lo borrara!.

Se hicieron campañas, se hicieron
estudios, se recogieron peticiones y firmas
que se presentaron en los estamentos internacionales, en el Vaticano.
Ecuador tenía que dedicar más de la mitad de sus recursos a pagar la deuda
externa que seguía creciendo. Para que me entiendan era una situación parecida
a la que se vivió en España con las
expropiaciones de viviendas para los Bancos, pero peor. Era más universal.
Yo, en todo este trabajo, me situé, y
así lo vivo en estos momentos, con ilusión (no admito que fuera ilusa), pues
era el Jubileo de la Misericordia.
Poco se resolvió por no decir que
casi nada. Los gobernantes de los países ricos siguieron jurando sobre la
Biblia, donde se planteaba el Jubileo, pero el llamado despectivamente Tercer
Mundo seguía endeudado.
Pero si hubo un resultado, años
después, que justificó esta ilusión y esta esperanza. Con el gobierno de Rafael
Correa, al que ahora se quiere crucificar, y ya se le ha colocado el INRI, éste
consiguió renegociar la deuda externa. Esto, a grandes rasgos, consistía en que
el Ecuador se comprometía a subsanar la
deuda, no con el ritmo que le imponían los acreedores sino según fuera posible
de acuerdo con la capacidad que le quedara al país después de atender a los
presupuestos nacionales, pues no permitía que, como estaba ocurriendo, para el
pueblo quedaran las migajas con las que no se llegaba y generaban más deudas.
Fui testigo de esto. Comprendí por
donde tenía que ir mi actuar si quería armonizarlo con el de Dios. Y hoy doy
gracias por esa experiencia.
Esta es la reflexión que me ha
suscitado las lecturas.
Espero que sirvan.
Un abrazo
José Luis
Molina
12
de septiembre 2020