Tras los dos primeros encuentros –Roma, 2014 y Santa
Cruz (Bolivia), 2015–, el III Encuentro
Mundial de los Movimientos Populares
tuvo lugar en Roma del 3 al 5 de noviembre pasado.
Participaron en el evento
unos 200 activistas de entre los más pobres de la Tierra (cartoneros,
recicladores de basura, vendedores ambulantes, campesinos sin tierra,
indígenas, desempleados,
chaboleros, vecinos de asentamientos populares,
etc.) pertenecientes a 92 movimientos
populares procedentes de 65 países de
los cinco continentes.
Las cuestiones que se abordaron fueron las
denominadas tres “T”: “Trabajo, Techo, Tierra”, a
los que se añadieron esta
vez las cuestiones de “la democracia y el pueblo”; el “cuidado del
medio ambiente y la naturaleza”; y “los emigrantes y refugiados”. En su discurso de síntesis,
Francisco empezó recordando
“los diez puntos de Santa Cruz de la Sierra, donde la palabra
cambio estaba
preñada de gran contenido, estaba enlazada a cosas fundamentales: trabajo
digno
para los excluidos del mercado laboral; tierra para los campesinos y
pueblos originarios; vivienda
para las familias sin techo; integración urbana
para los barrios populares; erradicación de la
discriminación, de la
violencia contra la mujer y de las nuevas formas de esclavitud; el fin de
todas
las guerras, del crimen organizado y de la represión; libertad de
expresión y comunicación
democrática; ciencia y tecnología al servicio de los
pueblos”.
Y definió “un
proyecto de vida que rechace el consumismo y recupere la solidaridad, el amor
entre nosotros y el respeto a la naturaleza como valores esenciales. Es
la felicidad de ‘vivir
bien’ lo que la gente reclama, la ‘vida buena’, y no
ese ideal egoísta que engañosamente invierte las
palabras y nos propone la
‘buena vida’”.
¿Qué les dijo, en el fondo, el Papa a los pobres? Esencialmente cuatro
cosas:
1) ¡Rebelaos contra la tiranía del dinero! “Hay un
terrorismo de base que emana del control
global del dinero sobre la tierra y
atenta contra la humanidad entera. De ese terrorismo básico
se alimentan los
terrorismos derivados como el narcoterrorismo, el terrorismo de Estado y lo
que
erróneamente algunos llaman ‘terrorismo étnico’ o ‘religioso’, pero
ningún pueblo, ninguna
religión es terrorista. Es cierto, hay pequeños grupos
fundamentalistas en todos lados. Pero el
terrorismo empieza cuando ‘has
desechado la maravilla de la creación, el hombre y la mujer, y
has puesto
allí el dinero’. Toda la doctrina social de la Iglesia se rebela contra el
ídolo-dinero que
reina en lugar de servir, tiraniza y aterroriza a la
humanidad.
Ninguna tiranía se sostiene sin explotar nuestros
miedos. Esto es clave. De ahí que toda tiranía
sea terrorista. Y cuando ese
terror, que se sembró en las periferias con masacres, saqueos, opresión
e
injusticia, explota en los centros con distintas formas de violencia, incluso
con atentados odiosos
y cobardes, los ciudadanos que aún conservan algunos
derechos son tentados con la falsa seguridad
de los muros físicos o sociales.
Muros que encierran a unos y destierran a otros. Ciudadanos
amurallados,
aterrorizados, por un lado; excluidos, desterrados, más aterrorizados
todavía, por el
otro.
Tenemos que ayudar para que el mundo se
sane de su atrofia moral. Este sistema atrofiado puede
ofrecer ciertos
implantes cosméticos que no son un verdadero desarrollo: crecimiento
económico,
avances técnicos, mayor ‘eficiencia’ para producir cosas que se
compran, se usan y se tiran,
englobándonos a todos en una vertiginosa
dinámica del descarte… pero este mundo no permite el
desarrollo del ser
humano en su integralidad, el desarrollo que no se reduce al consumo, que
no
se reduce al bienestar de pocos, que incluye a todos los pueblos y personas
en la plenitud
de su dignidad, disfrutando fraternalmente de la maravilla de
la Creación. Ese es el desarrollo
que necesitamos: humano, integral,
respetuoso de la Creación, de esta casa común”.
2) ¡Sed solidarios! “¿Qué le pasa al mundo de hoy que, cuando se produce la
bancarrota de
un banco, de inmediato aparecen sumas escandalosas para
salvarlo, pero cuando se produce esta
bancarrota de la humanidad no hay casi
ni una milésima parte para salvar a esos hermanos que
sufren tanto? Y así, el
Mediterráneo se ha convertido en un cementerio, y no sólo el
Mediterráneo…
tantos cementerios junto a los muros, muros manchados de sangre inocente.
El
miedo endurece el corazón y se transforma en crueldad ciega que se niega a
ver la sangre, el
dolor, el rostro del otro.
¿Qué hacer frente a esta tragedia de los migrantes,
refugiados y desplazados? Les pido que
ejerciten esa solidaridad tan especial
que existe entre los que han sufrido. Ustedes saben recuperar
fábricas de la
bancarrota, reciclar lo que otros tiran, crear puestos de trabajo, labrar la
tierra,
construir viviendas, integrar barrios segregados y reclamar sin
descanso como esa viuda del
Evangelio que pide justicia insistentemente (1).
Tal vez con vuestro ejemplo y su insistencia,
algunos Estados y organismos
internacionales abran los ojos y adopten las medidas
adecuadas para acoger e
integrar plenamente a todos los que, por una u otra circunstancia, buscan
refugio lejos de su hogar. Y también para enfrentarse a las causas profundas
por las que miles de
hombres, mujeres y niños son expulsados cada día de su
tierra natal”.
3) ¡Revitalizad la democracia! “La relación entre pueblo y democracia. Una relación que
debería ser natural y fluida pero que corre el peligro de desdibujarse hasta
ser irreconocible.
La brecha entre los pueblos y nuestras formas actuales de
democracia se agranda cada vez
más como consecuencia del enorme poder de los
grupos económicos y mediáticos que
parecieran dominarlas. Los movimientos
populares no son partidos políticos y, en gran medida,
en eso radica su
riqueza, porque expresan una forma distinta, dinámica y vital de
participación
social en la vida pública. Pero no tengan miedo de meterse en
las grandes discusiones, en Política
con mayúscula, y cito a Pablo VI: ‘La
política ofrece un camino serio y difícil –aunque no el
único–para cumplir
el deber grave que cristianos y cristianas tienen de servir a los demás’ (2).
O esa frase que repito tantas veces: ‘La política es una de las formas más altas
de la caridad,
del amor’”. Ustedes, las organizaciones de los
excluidos y tantas organizaciones de otros sectores
de la sociedad, están
llamados a revitalizar, a refundar las democracias que pasan por una
verdadera crisis. No caigan en la tentación del corsé que los reduce a
actores secundarios, o peor,
a meros administradores de la miseria existente.
En estos tiempos de parálisis, desorientación y
propuestas destructivas, la
participación protagónica de los pueblos que buscan el bien común puede
vencer, con la ayuda de Dios, a los falsos profetas que explotan el miedo y la
desesperanza, que
venden fórmulas mágicas de odio y crueldad o de un
bienestar egoísta y una seguridad ilusoria.
Sabemos que mientras no se resuelvan
radicalmente los problemas de los pobres, renunciando a
la autonomía absoluta
de los mercados y de la especulación financiera y atacando las causas
estructurales de la inequidad, no se resolverán los problemas del mundo y, en
definitiva, ningún
problema. La inequidad es raíz de los males sociales”.
4) ¡Sed austeros! ¡Huyan de la corrupción! “Así como la política no es un asunto de los
‘políticos’,
la corrupción no es un vicio exclusivo de la política. Hay
corrupción en la política, hay corrupción en
las empresas, hay corrupción en
los medios de comunicación, hay corrupción en las iglesias y
también hay
corrupción en las organizaciones sociales y los movimientos populares. Es
justo decir
que hay una corrupción naturalizada en algunos ámbitos de la vida
económica, en particular
la actividad financiera, y que tiene menos prensa
que la corrupción directamente ligada al ámbito
político y social. Es justo
decir que muchas veces se manipulan los casos de corrupción con malas
intenciones. Pero también es justo aclarar que quienes han optado por una
vida de servicio tienen una
obligación adicional que se suma a la honestidad
con la que cualquier persona debe actuar en la vida
. La vara es más alta: hay
que vivir la vocación de servir con un fuerte sentido de la austeridad y la
humildad. Esto vale para los políticos pero también vale para los dirigentes
sociales y para nosotros,
los pastores.
A cualquier persona que tenga demasiado apego por
las cosas materiales o por el espejo, a quien le
gusta el dinero, los
banquetes exuberantes, las mansiones suntuosas, los trajes refinados, los
autos de lujo, le aconsejaría que se fije en qué está pasando en su corazón y
rece para que Dios lo
libere de esas ataduras. El que tenga afición por todas
esas cosas, por favor, que no se meta en
política, que no se meta en una
organización social o en un movimiento popular, porque va a hacer
mucho daño
a sí mismo, al prójimo y va a manchar la noble causa que enarbola. Que
tampoco
se meta en el seminario. Frente a la tentación de la corrupción, no
hay mejor antídoto que la
austeridad; esa austeridad moral y personal.
La corrupción, la soberbia, el exhibicionismo de los
dirigentes aumenta el descreimiento colectivo, la
sensación de desamparo y
retroalimenta el mecanismo del miedo que sostiene este sistema inicuo”.
En
conclusión, el Papa Francisco citó al fallecido dirigente
afroamericano, Martin Luther King, el
cual optó por el amor fraterno aún en
medio de las peores persecuciones y humillaciones: “Cuando
te elevas al nivel
del amor, de su gran belleza y poder, lo único que buscas derrotar es a los
sistemas
malignos. A las personas atrapadas en ese sistema, las amas, pero
tratas de derrotar ese sistema. (…)
Odio por odio sólo intensifica la
existencia del odio y del mal en el universo. Si yo te golpeo y tú me
golpeas, y te devuelvo el golpe y tú me lo devuelves, y así sucesivamente, es
evidente que se llega
hasta el infinito. Simplemente nunca termina. En algún
lugar, alguien debe tener un poco de sentido
, y esa es la persona fuerte. La
persona fuerte es la persona que puede romper la cadena del odio,
la cadena
del mal” (3).
Ignacio Ramonet
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