Hoy es el domingo de la
Santísima Trinidad.
De siempre se ha dicho que el
misterio de la Santísima Trinidad es el misterio sobre Dios más difícil de
encajar en nuestro razonamiento.
Pues bien: Es una cosa curiosa. Las
lecturas de hoy para enfrentarnos con este nuestro Dios trinitario, recurre a
algo fundamental: Recurre a la experiencia de Dios, a nuestra experiencia de
Dios, para situarnos frente a él. Eso me parece que es una pista más que
interesante a la que debemos recurrir. Hoy se nos propone la realidad de Dios
Padre, Hijo y Espíritu Santo y, para no perdernos en elucubraciones, mi
propuesta es la de las lecturas, hacerlo
a partir de la experiencia que, tanto individual como colectivamente, tenemos
de Dios.
Fijaros en la primera lectura DT. 4,
32-34.39-40: Moisés habla a pueblo y lo lleva a la experiencia liberadora de
Dios, del Dios con el que y por el que rompen las cadenas de la esclavitud en
Egipto y superan la barrera, el infierno, del desierto
No quiero hacer propaganda pero ahorita,
mientras escribo esto, las imágenes del éxodo, desierto, Mar Rojo, me han
llevado a imágenes de ahogados en el Mediterráneo, en las vallas ceutíes,
atravesando el desierto sahariano o a las tierras fronterizas de Méjico huyendo
de la esclavitud de la hambruna, del abuso de los poderosos, etc. El pueblo
judío de entonces, ¿tenía derecho a la libertad o Dios se equivocó? El derecho
que fundamenta el Éxodo de aquel pueblo, ¿ puede fundamentar se les niegue hoy
a los palestinos o a los saharauis? Creer en Dios, ¿libera o mata?, ¿empuja
hacia la libertad y la plenitud o aplasta en la opresión, el exterminio?
Reconoce y medita en tu corazón,
sigue diciendo Moisés, que el Señor es el único Dios y, si tienes experiencia
de él, si tenemos también experiencia de
su liberación en nuestras realidades personales, podremos reconocerlo hoy desde
el mismo imperativo liberador. Descubriremos al Dios Padre, sabremos de él,
buscando, construyendo, alcanzando y compartiendo la plenitud la plenitud que
nos ha dado, sin excepción, para todos.
Otra experiencia de Dios, en Romanos
8, 14-17, la de ser, saberse y sentirse hijos de dios porque en nosotros está
la vida de Dios cuando nos dejamos llevar por su Espíritu. Ese mismo Dios de la
creación que nos hace sentirlo y llamarlo Abba, papaíto, cuando desde esa
presencia del Espíritu (Dios) en nosotros nos hace concordar con él y hace
real, no teórico ni hipotético, el sentirnos hijos. Esta experiencia de Dios
así, es la que hace zambullirnos en el “ser” eclesial pero no como institución
sino como realidad sacramental, renovada
y diferente, nacida del Resucitado.
Por último, también el evangelio,
Mateo 28, 16-20, nos habla, recurre a la experiencia de Jesús: “Id y ofreced
esta manera de entender la vida que yo os he ofrecido” Estad seguros, sentidme,
viviendo así: yo estaré con vosotros todos los día”. Pero, está claro: Para
ofrecer ese proyecto de existencia, no se puede hacer desde lo que digan todos
los libros del mundo, sino que es necesario partir de la propia experiencia.
Por eso termino este domingo de la
Trinidad pidiendo abrir grande las puertas para que esa experiencia de Dios no
nos la pasemos de largo.
José Luis Molina
30 mayo
2021
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