lunes, 3 de diciembre de 2018

COMUNICADO DE LA XIX SEMANA ANDALUZA DE TEOLOGÍA.- Torrox

“Misericordia y justicia ante la desigualdad global”

por Blogger
dibujo2bgrises1823, 24, 25 noviembre 2018
“MISERICORDIA Y JUSTICIA ANTE LA DESIGUALDAD GLOBAL”
Comunicado de la XIX Semana Andaluza de Teología
Torrox (Málaga).
ECLESALIA, 03/12/18.- La producción de “residuos humanos” -es decir, las poblaciones “superfluas” de migrantes, refugiados y demás parias empobrecidos- es una consecuencia del proceso globalizador a nivel mundial y su ensalzado progreso económico. Dicha globalización provoca un número cada vez más elevado de personas privadas de medios adecuados de subsistencia, al mismo tiempo que el planeta se está quedando sin lugares habitables para ellas y tal vez algún día también para todos los humanos en un desastre ecológico global.
La Unión Europea carece de respuestas ante los desafíos que plantea nuestro entorno geoeconómico y geopolítico. No tiene visión estratégica ni a largo ni a medio plazo. Deja al Mercado gestionar “automáticamente” la demanda migratoria y no quiere asumir su responsabilidad política y moral para con refugiados y migrantes. Su falta de visión y decisión, de previsión y de gestión de las migraciones beneficia directamente a los movimientos y partidos políticos xenófobos y a los traficantes de personas. Podemos decir que la crisis de las migraciones es la crisis de la propia Europa como proyecto humanizador y civilizatorio que pretendía ser un verdadero espacio de libertad, justicia y seguridad al servicio del reconocimiento e igual garantía de los derechos humanos.
Las migraciones interpelan: o apostamos por ser humanos en una sola humanidad, o se agudizarán las diferencias practicando la cultura del “descarte” que dice el Papa Francisco. Leyes de extranjería cada vez más severas y criminalizadoras, crueles medidas de control de fronteras, políticas de extrema dureza contra los “fugitivos” (migrantes o refugiados), miles de ahogados en el mar, gobiernos que no quieren ver ni hacer justicia, trabajadores extranjeros a explotar y sin derechos, auge de la xenofobia y de populismos que propagan el odio étnico, el temor y el rechazo a quienes llegan hasta aquí: personas con la muerte a su espalda y un muro ante su rostro. Vivimos enredados en una dinámica de rechazo de “los otros”, víctimas silenciadas, olvidando que en ellas nos jugamos nuestro propio ser, personal y colectivo.
Discriminar, invisibilizar, ignorar, minusvalorar, marginar, explotar son prácticas cada vez más extendidas en nuestras sociedades y forman parte de la experiencia cotidiana de las personas y colectivos que las sufren: mendigos, los sin techo, migrantes y refugiados, desempleados y parados, mujeres víctimas de trata, pensionistas empobrecidos, desahuciados, barrios marginales y marginados, minorías de todo tipo, etc.
La discriminación femenina es un hecho evidente en toda sociedad y en todo el mundo. Aunque es verdad que la desigualdad no se presenta con la misma intensidad en todas partes y culturas, lo cierto es que dicha desigualdad está presente en todas ellas y siempre obedece a la misma causa: el patriarcado como sistema simbólico y social creado y organizado por los varones. Un sistema que vive en los discursos ideológicos y se concreta en las estructuras sociales que priorizan el ejercicio del poder masculino con instituciones y normas opresoras para las mujeres.
El duro recorrido histórico del feminismo por lograr la igualdad de género tiene aún muchos retos hasta alcanzar la autonomía personal y el reconocimiento social de las mujeres. Frente al patriarcado dominador y dominante ya no hay marcha atrás en lo conseguido por las mujeres, que apuestan por rozar lo increíble y tener su lugar en un mundo no pensado para ni por ellas. Vivir como diferentes y a la vez como iguales y construir una sociedad igualitaria es un largo camino siempre por hacer.
Ante la irracionalidad, silenciamiento e indiferencia de cuanto sucede en el mundo y en nuestros entornos más próximos, no podemos olvidar nuestra misión como ciudadanos/as y como cristianos/as: ACOGER. La acogida debe prevalecer sobre leyes, normas y protocolos. Hemos de cuidarnos mutuamente. Porque la acogida no es algo unidireccional. Acojo si me dejo acoger. Me acogen si soy capaz de disponerme a la acogida. Esos cuidados recíprocos son los que nos constituyen como personas y como comunidad cristiana. Acogida, cuidados, comunidad, solidaridad, gratuidad, etc. son obligación de justicia y son adjetivos necesarios que pueden hacer de la vida colectiva y personal algo completamente diferente y más feliz. He aquí la tarea que nos queda: salvar lo que nos salva y contar con los que no cuentan.
Sabemos que el compromiso del seguimiento evangélico conlleva un decidido combate contra la idolatría del dinero, del poder, del consumo, de la violencia. En otras palabras, un combate a favor de la justicia que se desborda en la solidaridad como plenitud de aquella. Misericordia y justicia son los criterios para discernir, probar y comprobar que nuestra adhesión a Jesús de Nazaret es creíble y nos aproxima a la propuesta de que otro mundo es posible y necesario (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

jueves, 29 de noviembre de 2018

BÚSQUEDA ESENCIAL










Te busqué
a través de una vieja cerradura.
Te llamé, en silencio,
por la rendija de una vieja puerta.
Quise sentirte
mientras mi mano,
arrastrando su palma por el muro,
buceaba en las olas encaladas.
Con mis dedos te busqué
entre las breñas rutilantes de luna.
Pensé: tal vez tu aroma
me indicará la senda;
en la piedra lanzada que se estrella
en el acantilado bravo
que ruje junto a mí
creí  podría, tal vez, percibir tu estela.
Más tarde que temprano descubrí
que era a través de mí
donde podría encontrarte
y después, eso sí, proyectarte,
llamarte, perseguirte y abrazarte.
                           José Luis Molina                 23 de noviembre 2018

lunes, 26 de noviembre de 2018

PARECE QUE NO QUEREMOS ENTENDER

Dios llegará por otros caminos

por Blogger
Juan Bautista caminosJUAN ZAPATERO BALLESTEROS, zapatero_j@yahoo.es
SANT FELIU DE LLOBREGAT (BARCELONA).
ECLESALIA, 26/11/18.- “Una voz grita en el desiertoAbrid una ruta al Señor, aplanadle el camino”. Esta frase del evangelista Lucas (3,1-6), trayendo a la memoria lo que dijo en su momento el profeta Isaías, continúa teniendo plena vigencia en nuestros días: Dios no puede venir a nuestro mundo de hoy mientras no construyamos unos caminos más llanos y en dirección opuesta a la que están enfocados los nuestros en estos momentos.
No puede venir mientras los caminos actuales marquen unas diferencias tan grandes entre ricos y pobres. Mientras unos pocos posean casi la misma riqueza que la mayoría. Porque Dios es fraternidad frente a una humanidad que en vez de comportarse como una familia se comporta como un mercado, ya que mientras unos hermanos derrochan y malgastan, los otros carecen de lo elemental.
No puede llegar por caminos que llevan a que la mayor industria en el mundo sea precisamente la armamentista. Porque Dios es paz por encima de todo “Paz a los hombres de Buena voluntad”. Y únicamente seremos hombres y mujeres de Buena Voluntad en la medida que antepongamos la sanidad, la cultura, la comida, el vestido, etc., a todos los medios que solamente provocan violencia.
No puede venir por caminos que conducen a religiones, la mayoría de las cuales, acaban convertidas la mayor parte de veces en una costumbre, cuyos creyentes en las mismas cumplen con demasiada frecuencia lo que en ellas se dice o está escrito como una rutina más y sin apenas sentido. Todo ello precisamente, cuando Dios es novedad y vida por encima de todo. ¿De qué sirven tantos metales preciosos como rodean gran parte de nuestra religión católica, tales como templos cargados de oro y plata, anillos, pectorales, báculos de obispos, coronas de vírgenes, custodias para el Santísimo, etc.?
No puede entrar a través de caminos que desembocan en corazones cargados de odio o de indiferencia en el mejor de los casos hacia tantas personas que no podemos ver o que no nos importan absolutamente nada. No puede entrar, porque Dios, según dijeron ya los profetas del Antiguo Testamento, es rico en misericordia y grande en amor.
No puede venir por caminos que llevan a que el egoísmo y la avaricia se vean insaciables a pesar de que la persona de cerca o de lejos no tenga nada. Mientras tanto, Dios nos recuerda que lo que hagamos a los demás es como si se lo hiciéramos a Él mismo en persona. ¿Acaso creemos que, porque corramos mucho para tenerlo todo nosotros, vamos a conseguir llegar a ser personas verdaderamente felices?
No puede venir ni entrar por caminos delante de los cuales se han construido muros físicos insalvables y fronteras infranqueables porque se necesitan todos los requisitos habidos y por haber para poder entrar a un país que acoja a personas que vienen huyendo del hambre, de la guerra y de la persecución por motivos tan diversos. ¿Qué habría sido de aquella familia de Nazaret, con un recién nacido, si el Egipto de hace veinte siglos hubiera actuado de la misma manera que actúan nuestras potencias políticas y económicas del siglo XXI?
No puede llegar mientras no evitemos que otros caminos, no de tierra, de cemento o de alquitrán, sino de agua, como es el caso de los mares, se engullan a hombres, mujeres y niños que intentan llegar a la costa de este país o del otro donde esperan y confían encontrar condiciones de vida mínimamente dignas y humanas. Al fin y al cabo, tal y como recita el salmista, “Todo lo que existe, el cosmos, el firmamento, los océanos y los mares, etc. cantan la gloria de Dios”.
Dios no puede llegar por medio o través de dogmas y creencias religiosas que casi siempre o muchas veces nos llevan a situarnos en unos espiritualismos, que no en una espiritualidad, alejados del mundo en que vivimos los hombres y mujeres de todos los lugares y tiempos. Dios solamente llegará por los caminos por los que Él se mueve y que no son otros que los del amor, precisamente porque esa es su esencia (“Dios es amor”, tal y como nos recuerda san Juan).
Dios tampoco llegará por el camino del culto, cuando éste no es consecuencia de la vida ni tiene como objetivo la misma. Nos lo recuerda Isaías, 29, y Jesús lo volvió a decir recordó en más de una ocasión (Mt 15): “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”.
En fin. Podríamos ir añadiendo más y más, pero creo que debemos ser cada una y cada uno de nosotros quienes lo hagamos, teniendo muy claro que, seguramente, por los caminos que vamos es imposible que venga Dios, que es lo mismo que decir que venga el amor, la ilusión, la esperanza, la alegría, la felicidad a nuestras vidas y a las vidas de todos los hombres y mujeres, de manera especial de la de los débiles y pobres (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).
Blogger | 26 noviembre, 2018 en 00:00 | Etiquetas: AdvientoAlegríaAmorDiosEsperanzaJesúsPaz | Categorías: REFLEXIONES | URL: https://wp.me/pICCL-4kl

SOBRE LA MARCHA





Tras acabar de colgar mi escrito "PEREGRINAR" me han venido a la mente otros miles de peregrinos por diversas urgencias, pero justas, en la necesidad de peregrinar a lo largo de la historia, pero hoy muy actuales, y a quienes se les cierra el paso en la frontera de México, en el Mediterráneo, en Ceuta y Melilla, en la tierra palestina, etc, frente a un mundo  que no siente pudor, mientras tanto,en enarbolar una bandera: la de los DERECHOS HUMANOS .
                                                                                               José Luis Molina

PEREGRINAR








Un día me llamaron peregrino.
Y peregrinar es una vocación en mi.
Peregrinar, pero no yendo solamente de paso.
Mi vocación de peregrinar es yendo para quedarme, para hacerme, y que yo sea lo que me quedo, donde me quedo, para llevarlo conmigo en mi constante peregrinar. Me hago peregrinando. Me hago yendo. Incorporo a lo que soy, siendo desde entonces en mí, lo que he peregrinado y el contenido de ese peregrinar. Peregrinar, por tanto, no es pasar y pasar para, al recodo del camino, sacudirse el polvo de las sandalias. Peregrinar es optar, es quedarse en la historia que va llegando para hacerse en nuestro encuentro, para hacernos en nuestro abrazo en un copular que se derrame fecundo por otras historias. Peregrinar es ser romero que salta alambradas para abrir caminos, que no traiciona al amanecer por el microclima de los edredones,  que, de donde llega, no se va porque ya lo lleva siempre en su ininterrumpida andadura grabado en los surcos que curten su frente.
Peregrino,
romero solo,
solo romero en el caminar de muchos,
romero solo en el cielo
que surcan unos pies que no se paran,
que sueña el corazón,
solo romero
pero no en soledad,
tal vez callado, sí,
pero no en silencio.
En la vida, en el mundo, peregrino,
hablarán tus ojos
y sonreirá tu cielo.
Piedras pequeñas llevas en tus alforjas,
nubes de luz y agua
ensortijan tu pelo
                José Luis Molina
26 noviembre 2018


viernes, 23 de noviembre de 2018

SOMOS CASA COMÚN


casacomunSOMOS CASA COMÚN
MIGUEL ÁNGEL GARCÍA PÉREZ, Cristianismo y Ecología*, mimar.fam@gmail.com
MADRID.
ECLESALIA, 23/11/18.- La encíclica Laudato si, sobre el cuidado de la casa común, ha sido ampliamente reconocida como una buena muestra de reflexión ecológica integral, que sintoniza perfectamente y a la vez con lo mejor del compromiso ecológico moderno y de la tradición espiritual cristiana. Desde ahí, presenta en intima conexión una ecología de corte más medioambientalista, centrada en la contemplación y el cuidado de la Naturaleza (considerada como creación y expresión de Dios) y otra de corte claramente social, mostrando la profunda interrelación entre los seres humanos y la creación, de la que al fin y al cabo forman parte.
Precisamente, uno de los errores en que se puede incurrir al leer la encíclica es entender que en ella lo fundamental es la parte medioambiental, y que la dimensión social tan sólo aparece como acompañante, llevando al descuido de esta última y, a mi juicio, a una deformación del mensaje papal. Y parte de la clave puede estar en cómo, personalmente, nos colocamos ante la realidad, ante la propia Naturaleza y ante Dios.
En cuestiones como la ecológica, es fácil caer en la tentación dualista, según la cual los seres humanos estaríamos ante (y frente a) una realidad compleja, como es la Naturaleza, pero distinta de nosotros, por lo que podríamos reducir toda la problemática a considerar cuál es nuestra actitud ante la misma. La Naturaleza aparecería así como destinataria de nuestra acción, objeto a cuidar y contemplar que, en el mejor de los casos, nos abriría a contemplar en ella retazos de la presencia divina, de la creación, y en el peor, a una víctima más de la acción humana.
Un paso más lo damos cuando reconocemos la Naturaleza, nuestro planeta, como “casa común”. Nos sentimos implicados con ella al reconocerla como nuestro hábitat necesario, hábitat a la vez compartido con el resto de seres humanos, y podemos así posicionarnos de manera utilitarista, reconociendo la necesidad de no deteriorarla aún más y de conservarla, e incluso mejorarla, para las generaciones futuras.
Hasta aquí seguimos colocándonos ante la Naturaleza, aunque este “ante” sea más un “dentro” que reconoce nuestras intensas relaciones con ella. Pero aún podemos dar un paso más, si reconocemos, como no nos queda otro remedio, que incluso nosotros mismos somos parte de esa realidad, de esa “casa común” que tenemos que cuidar y contemplar. Desde ese punto de vista podemos entender cómo, efectivamente, no hay separación posible entre la ecología medioambiental y la ecología humana, sino que ambas están intrínsecamente relacionadas.
Somos, pues, “casa común”, parte del entramado de relaciones en el que viven, conviven, muchas otras personas y criaturas, y muchas de ellas sobreviviendo en condiciones de gran penuria, escasez y violencia. Cuidar la casa común supone, por tanto, cuidar cómo somos casa cada uno de nosotros, cómo influimos en las vidas de otras personas, como contribuimos a que se sientan acogidas y acompañadas en su medio. Y descubrir ahí un reto que va mucho más allá del mero cuidado de algo externo: cuidamos de nosotros mismos, de nuestra humanidad y de la red de relaciones que nos mantiene vivos. Ojalá que también contribuyamos a que nos mantenga con dignidad, a mantenernos con dignidad. A todos y a todas (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

miércoles, 14 de noviembre de 2018

ORAR ES MÁS QUE REZAR...


SI entendemos por rezar repetir oraciones sin más.



Orar en tiempos difíciles

por Blogger
velas660x650-1200x800ORAR EN TIEMPOS DIFÍCILES
GABRIEL Mª OTALORA, gabriel.otalora@outlook.com
BILBAO (VIZCAYA).
ECLESALIA, 12/11/18.- Hablar -o escribir- del hecho de rezar no está de moda ni entre los propios católicos, al menos en del Primer Mundo. El problema es que la oración se ha convertido en algo secundario a lo que dedicamos poco tiempo al cabo del día y de manera superficial. Nos gustaría rezar más pero nos justificamos con el ritmo de vida que reduce el tiempo para parcelas tan importantes como la familia, los amigos y el mismo Dios.
Por otra parte, algunas oraciones que conocemos nos dicen poco. La propia Misa, cuando asistimos, tampoco nos comunica demasiado al vivirla como una manifestación rutinaria, triste y poco participativa, en la que no vamos con actitud de vivir una celebración. Nos da vergüenza hablar de nuestra oración como si esto fuera cosa de otro siglo. Dios mismo se ha vuelto un poco prescindible. Para colmo, entre los mayores valedores de la oración se significan sectores conservadores de la Iglesia con fórmulas y propuestas más formales que ejemplares.
A pesar de todo, sentimos la necesidad de Dios más allá de los momentos de zozobra por un clericalismo para nada dispuesto a perder su poder y la presión del materialismo que nos envuelve, provocando una indiferencia religiosa de la que es difícil escapar. Dios sigue llamando sin descanso y sentimos su anhelo, la necesidad íntima existencial de comunicarnos con Él y abrirnos a su presencia sanadora.
¿Por qué atravesamos por tiempos difíciles? No es la pregunta que debemos hacernos, ya que no tiene respuesta. En estos casos, no debemos centrarnos en el “porqué”, que no tiene explicación (No hemos venido a entender, sino a amar, Alexis Carrel dixit), sino en la actitud para superarlos sacando lo mejor de nosotros. Dios se sirve de todo, incluso de lo negativo y doloroso que acaece, para que lleguemos a ser lo mejor de uno mismo.
Dios nos acompaña convirtiendo la noche en crecimiento personal renovado que señala al hermano como el sujeto del amor de Dios y a Dios. En todo camino, la oración se hace alimento indispensable para avanzar por la vida con los ojos de la fe, la esperanza y el amor. La oración en los tiempos difíciles impide caer en la tentación del desánimo, la desesperación, el abandono, la cobardía o el peligroso autoengaño. Nunca estamos solos.
En este contexto, la mejor definición breve de oración es abrirse a la escucha de Dios. Todo proceso de relación con el Otro supone una tarea ardua porque está sujeta a múltiples condicionantes del exterior y del interior: sentimientos, anhelos, imprevistos, condicionantes... pero también actitudes que no trabajamos lo suficiente, empezando por la humildad, la escucha activa y la confianza, necesarias porque nos predisponen para discernir la voluntad de Dios y experimentar su amor inmenso y cercano, inmanente.
Una experiencia de fe que como tal está sustentada en el saber más que en el sentir. Si solo nos refugiamos en el sentir a Dios perdemos muchos puntos referenciales de su presencia activa. Saber no implica sentir, aunque nos encantaría. Los místicos tienen honda experiencia de esto, como lo canta san Juan de la Cruz: "¡Qué bien sé yo la fuente que mana y corre, aunque es de noche!". Su voz es anhelo aunque el origen y finalidad están más allá de toda palabra. Abrirse a la dimensión exterior nos entronca con nuestro interior más genuino haciéndonos crecer como personas.
Decía anteriormente que orar es abrirse a la escucha de Dios. En realidad no es un acto concreto sino un proceso que dura toda la vida, con sus vaivenes y recaídas. Es un camino de transformación en la medida que escuchamos y actuamos en función de lo escuchado. Dios es quien toma la iniciativa pero requiere de una predisposición concreta de nuestra parte que deje espacio para su Presencia.
Eso sí, caben muy diferentes intensidades y niveles en la relación oracional, como ocurre entre las personas, en la medida que vamos dejando espacio a Dios en nuestra vida: humildad, confianza, aceptación (no resignación), apertura... Orar es dejarse amar por Dios. Lo que significa, al menos para mí, que el verdadero poder de la oración es que nos enseña a amar mejor si rezamos bien. No es suficiente la oración comunitaria a pesar de la importancia clave litúrgica pues puede ocurrir que sus registros no se ajusten las a nuestra situación personal, anímica o moral.
El amor verdadero es siempre un movimiento hacia Dios. Nada que ver con rezar como si Dios nos debiera algo. La oración, en fin, si está llena de amor, es lo contrario del temor ¿En qué hemos convertido la Eucaristía, que no puede ser otra cosa que una alabanza entusiasta y hermanada basada en la admiración agradecida a aquél que ha realizado maravillas increíbles? Falta dejarnos sorprender por un Dios que nos sigue amando incondicionalmente hasta en nuestras peores flaquezas.
¿Te resulta difícil rezar? Conozco a muy poca gente que le resulte fácil: las distracciones, el ambiente arreligioso, las preocupaciones, la falta de tiempo, nuestra propia manera de ser, el desaliento por no sentirnos escuchados, la sequedad interior o todas a la vez. Y encima tenemos que lidiar con la duda, la pereza y las tentaciones. Pero lo cierto es que Dios confía en nosotros más que nosotros mismos.
Como en cualquier otra relación, la oración fluida no aparece como por arte de magia. Las relaciones de amistad necesitan tiempo para desarrollarse y esfuerzo para mantenerse a medida que dejamos sitio para su gracia y aceptamos sus tiempos con humildad a la escucha. ¿Qué pensaríamos de una conversación entre dos personas, en la que una de ellas sólo pidiera y pidiera sin actitud de escuchar, no dejando al otro expresarse?
La perseverancia es fundamental en la oración. Orad para ser fuertes y no caer en la tentación, les dijo Jesús a sus amigos en la terrible noche de Getsemaní. La frecuencia señalada insistentemente en el evangelio, no lo es tanto en forma de obligación como por su necesidad: necesitamos de la oración como un alimento básico, que busca lo que Dios quiera, no lo que yo quiero. Teresa de Calcuta tiene una reflexión que me parece inmejorable: "El fruto del silencio es la oración. El fruto de la oración es la fe. El fruto de la fe es el amor. El fruto del amor es el servicio". Los efectos ocurrirán de una manera imprevisible, única, gratuita y salvadora, de un Dios Padre que cumple sus promesas aunque no coincidan con nuestros deseos.
El cardenal Manning llegó a decir que todas las experiencias humanas, en el fondo, no son otra cosa que vivencias teológicas. Pero esa experiencia de Dios Amor nos invita al compromiso de ser gracia para otros. Lo que recibimos gratis, debemos compartirlo igualmente gratis; cuánto más el don gratuito de la fe y la experiencia de un Dios Padre-Madre. La oración con Dios debe ser un Tú-yo que debe confluir en un Tú-nosotros: Venga a nosotros tu Reino, danos el pan nuestro de cada día... Si reconoces a Dios en tu corazón, entonces, lo reconoces también en tus semejantes y todo lo que te rodea. El resultado es que la experiencia del amor verdadero genera más amor.
Los frutos de la oración no suelen verse a corto plazo, como ocurre con casi todo lo que merece la pena en esta vida: la gestación de la vida, los ríos y las montañas, los cultivos, los árboles, la madurez humana... todo lo importante requiere de tiempo, igual que ocurre con los mejores frutos de la oración sincera, paciente, sentida, frecuente. O lo que es lo mismo, el fruto principal de la oración es ser mejor persona de manera sostenida, a pesar de las dificultades de la vida, con todo lo que esto supone en el día a día. Y su evidencia es la alegría. Estad alegres, nos reitera san Pablo; las personas realmente alegres manifiestan la presencia de Dios, son un signo de madurez y armonía interior. Me refiero aquí a esa alegría íntima y completa, emparentada con el verdadero sentido del humor.
La oración, en fin, no está hecha para cambiar a Dios sino para cambiarnos a nosotros. Recomiendo la lectura del pasaje lucano (Lc 10, 38-42) donde se narra la aparente inacción de María y la actividad frenética de Marta. La dicotomía entre la contemplación y la acción no existe. La primera ilumina a la segunda, por eso podemos ser contemplativos -místicos- “entre los pucheros” (Santa Teresa), en la acción.
Jesús actuó sin pausa pero reservaba tiempos largos de oración a solas con el Padre. Somos las manos de Dios y la oración, en definitiva, es la que nos llevará a dar frutos en la acción. O lo que es lo mismo, sin el Espíritu no podemos nada (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).