martes, 27 de junio de 2017

EL TEMPLO DEL INTI... DEL SOL



Hace unas semanas, subí a limpiar el templo donde la comunidad INTIRUNA celebra la eucaristía todos los domingos, aunque no es el único lugar, pues también la Escuela Inti se convierte en espacio eucarístico el fin de semana.
Entre limpiar las bancas y trapear el piso antes de que llegue la gente a la misa, el  Inti, el Sol empezó a ingresar de manera  luminosa, haciendo brillar los vitrales de la cruz que preside el templo, anunciando también que pronto vendrá el verano. 



Me quedé observando el acontecimiento y me fije como la luz celebra también en este lugar, como inunda de vida este espacio humilde dedicado al encuentro comunitario de la palabra, a la formación del laicado y que aspira a futuro dar también cabida a la difusión cultural a través de una biblioteca.
Tome algunas fotos para compartirlas con la gente que no observa en detalle el bello templo que tenemos y también para los que no lo conocen directamente y que quizá un día pueden animarse a visitarnos.



Coincidencialmente en Ecuador celebramos estos días las fiestas del INTIRAYMI, la fiesta del SOL, dedicada a festejar la cosecha que la PACHAMAMA fecundada por el  INTI y alimentada por la TAMIA (lluvia) ofrece gratuitamente a los RUNAS (seres humanos).   Por ello me parecía significativo ofrecer estas imágenes,  pues nuestro templo, el TEMPLO DEL INTI… DEL SOL, también se ofrece gratuitamente para alimentar a los RUNAS y hacer fiesta cada domingo.


Marcia Toca.

viernes, 23 de junio de 2017

MI AMIGO EL SILENCIO





Que bueno es el silencio
cargado de rumores,
silencio que no calla,
que habita en los rincones
y desde ahí nos habla.
No temas al silencio:
No va a decirte nada
que realmente no sepas.
Va a gritar lo que sabes
y se te está escapando
por las rendijas y corre
a la noche del tiempo.
Que bueno es el silencio
con el que estoy hablando
cuando estoy en silencio
de ruidos estridentes.
Por eso ese silencio
es un muy grande amigo:
Con él paso veladas
como en torno a una copa
o al fuego que trepita
en el invierno frío.
Me apenan los que tienen
necesidad de ruidos,
huida camuflada
tras romper el espejo.
Que bueno es el silencio
que sabe acompañarte
y por eso, con él, me vivo
convencido es mi amigo.

José Luis Molina

        El Bosque 21 de junio 2017



lunes, 19 de junio de 2017

CORPUS CHRISTI, ¿FIESTA DE QUÉ? ¿COMUNIÓN DE QUÉ?

Fiesta de Corpus. "eso no sabe a nada"

17.06.17 | 11:49. Archivado en Comentarios al Evangelio
Querid@s amig@s colaboradores y cooperantes en la lucha por un mundo mejor
“Eso no sabe a nada”
Dime qué haces por los pobres y te diré quién es tu Dios
Nos echaron de la cárcel
Las presencias de Jesús
Juan 6, 51-58
Dijo Jesús a los judíos: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”. Discutían entonces los judíos entre sí: “¿Cómo puede este darnos a comer su carne?” Entonces Jesús les dijo: “Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mi y yo en él. El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo el que me come vivirá por mi. Este es el pan que ha bajado del cielo; no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre”.
1.-Los cristianos celebramos la presencia de Jesús en la Eucaristía, a partir de que en la última Cena con los discípulos, Jesús tomó pan en sus manos, lo partió, se lo dio y les dijo: “Tomad y comed todos de él, porque esto es mi cuerpo”. Después tomó la copa con vino y les dijo: Tomad y bebed todos de él porque este es el cáliz de mi sangre. Haced esto en memoria mía”.
Los discípulos de Jesús junto con los primeros cristianos vieron en esta celebración la presencia real de Jesús. La Eucaristía ha sido siempre y sigue siendo algo muy importante en la vida de la Iglesia.
En estas palabras de Jesús, la palabra cuerpo no se refiere tanto al cuerpo físico, como a la persona de Jesús, y la palabra sangre no se refiere precisamente a la sangre física de Jesús, sino a la vida de Jesús. Por eso cuando recibimos el pan de la Comunión significa que recibimos y aceptamos la persona de Jesús con todo lo que Jesús es y significa. Y cuando bebemos del cáliz significa que nos adherimos a la vida de Jesús para que nuestra vida sea lo más parecida a la suya hasta conformarnos lo más posible con El. Por eso comulgar es entrar en común unión con la persona y la vida de Jesús. De ahí que la Comunión sin compromiso con Jesús no signifique nada, y sea algo puramente ritual y vacío.

2.-“Eso no sabe a nada”: En una ocasión, a un niño que hizo la primera comunión a los ocho años, cuando ya tenía diez cumplidos le preguntamos si seguía comulgando. La respuesta fue así de dura y triste: “para qué, si eso no sabe a nada”. También nos dijo que desde entonces solo había vuelto una vez a misa. Detrás de este hecho, que fue tan real como lo contamos, podríamos hacernos muchas preguntas como estas: ¿Tiene sentido la primera comunión a tan corta edad? ¿Qué formación les damos a los niños sobre la Eucaristía? ¿A esta edad la pueden captar? ¿El mercado no ha secuestrado esta celebración, como otras muchas? ¿Qué responsabilidad tienen en todo ello la Iglesia y los padres?
3.-Las otras presencias de Jesús: Jesús, de la Eucaristía de la mesa en el cenáculo, pasó directamente a la Eucaristía del compromiso en el huerto de los olivos. Esta presencia eucarística de Jesús nos tiene que conducir inevitablemente a sus otras presencias, que son totalmente inseparables. ¿Cuáles son esas otras presencias?
A)La más importante de todas: la presencia de Jesús en los hambrientos, sedientos, desnudos, enfermos, emigrantes, encarcelados, pues Jesús dice: “lo que hacéis a estos más necesitados a Mi me lo hacéis” (Evangelio de Mateo 25, 31-46). Esta presencia es de tal importancia, que al final de nuestro paso por el mundo, Jesús no nos va a preguntar por otra cosa más que por esta: no nos va a preguntar si hemos comulgado una, dos o mil veces, ni a cuántas misas asistimos o celebramos. Solo nos va a preguntar qué hicimos con los hambrientos, sedientos, enfermos, desnudos, emigrantes, encarcelados, etc.
Por tanto, la Comunión de la Eucaristía tiene que llevarnos inevitablemente a la comunión con los más empobrecidos y necesitados de la tierra. 
¿Dejamos, pues de ir a misa, comulgar, etc.? Claro que no, pero entrar en Comunión con Jesús en la Eucaristía es para entrar en Comunión con el mismo Jesús en los empobrecidos y necesitados del mundo. Por eso mismo, nunca entenderemos tantos gastos absurdos y ofensivos para Jesús como los invertidos en cálices de lujo, custodias, sagrarios, ornamentos, boatos, palios, retablos, procesiones de Corpus, etc., mientras El se está muriendo de hambre, de sed, de frío, de injusticia, de explotación, de violencia en los empobrecidos del mundo, particularmente en las mujeres y niñas de Africa, América del Sur, la India, Bangladés, etc. Jesús dice: “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia...”. Nos ponemos en torno a una misma mesa del altar, para recibir un pan común que es Jesús, pero luego no hacemos de los bienes del mundo una misma mesa para todos los hombres y mujeres de la tierra: mientras unos pocos estamos hartos y hasta enfermos de tanto comer, la mayoría de la humanidad pasa hambre: eso no es sentarse en torno a una misma mesa y compartir un mismo pan.
B) La presencia de Jesús en los niños. Jesús dice: “Quien recibe a un niño como estos a mi me recibe”. Jesús dio una importancia extraordinaria a los niños, y por tanto asume como hecho a El lo que hacemos a los niños. ¿Cómo es posible que los cristianos que hacemos cada domingo millones de Comuniones a lo largo y ancho del planeta, seamos capaces de consentir que cada día se nos mueran de hambre más de 25.000 niños? Parece que comulgamos por comulgar, pero no comulgamos para comprometernos.
Y no solo eso, sino que ahí están los niños y niñas guerrilleros de Colombia, Mozambique, Uganda, Sierra Leona, y los muertos en el mar de muertos que es el Mediterráneo, o los campos de refugiados, etc., o las niñas convertidas en esclavas sexuales, o la pederastia, nefanda, ejercida hasta por “educadores”, e incluso por clérigos y algunos obispos de la iglesia católica, y que no se luchó decididamente contra ella hasta que vino Francisco, y parece que algunos aún no están muy decididamente por la labor…, y memos por la renovación en profundidad de la Iglesia.
C) La presencia en la Comunidad: Está también la presencia de Jesús en la Comunidad de quienes se reúnen en su nombre. Jesús dice: “Donde hay dos o más reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. La fe no es para ser vivida de forma individual y privada, sino en Comunidad, en unión, en fraternidad. Toda relación con Dios que no tienen como referencia la relación con los demás, carece de lo más esencial, porque Dios como tal no necesita nada de nosotros para El, pues todo lo que necesita El de nosotros es para nosotros y para los demás. Por tanto aunque tengamos, como las tenía Jesús, nuestras conversaciones con Dios, han de estar siempre referidas a todas las realidades de este mundo: las personas y la creación, y la conclusión final de las mismas tiene que ser siempre qué estamos dispuestos a hacer por todos los seres humanos y por toda la creación. El compromiso ecológico integral es también parte esencial de nuestra fe.
D) Finalmente, aquella primera Eucaristía de Jesús, no fue solo con con los Discipulos, sino también con LAS DISCÍPULAS, pues cómo no iba a invitar también Jesús a aquella memorable Cena a todas aquellas mujeres que, ya desde Galilea, lo habían seguido, acompañado, escuchado y servido durante los mismos años en que lo hicieron los discípulos, y a veces con más fidelidad, más compromiso y más riesgo que ellos, con toda la marginación, el desprecio y la discriminación de que eran víctimas las mujeres en aquella sociedad machista. Aún hoy sigue existiendo mucho de aquel machismo en el mundo, en las religiones y no menos en la iglesia católica, que a ejemplo de Jesús que siempre las aceptó, defendió y nunca rechazó, la Iglesia debería ser la primera en dar a la mujer la misma dignidad que al hombre en la estructura jerárquica de la Iglesia, pero no en una Iglesia como la actual, sino retornada a sus orígenes, a su raíz, a su coherencia con los hechos y las palabras de Jesús. Una iglesia androcéntrica nunca puede ser la verdadera iglesia de Jesús. Por eso, por ejemplo, en las palabras de la consagración deberíamos decir: “Tomad y comed todos y TODAS de él... y tomad y bebed todos y TODAS de él”. Hace tiempo que algunos ya lo hacemos así, pero ¿cuándo lo podrán hacer por lo menos ALGUNAS? Ahora los “sabios” liturgistas nos acaban de cambiar “todos”, por “muchos”, en una fidelidad absurda a la literalidad de las palabras y no al significado real de las mismas. Y, ¿qué pasa, por tanto, con los otros? ¿Acaso Jesús no vino a salvar a todos?
P.D: Pastoral Penitenciaria: Está haciendo año y medio que 35 voluntarios de Pastoral Penitenciaria fuimos fulminantemente privados de permiso por las autoridades religiosas de la Diócesis de Asturias para entrar en la Cárcel de Villabona a donde acudíamos semanalmente, algunos desde hacía casi 20 años, a ver y acompañar a los más de mil encarcelados de la prisión, incluida la celebración de la Eucaristía: “estuve en la cárcel y fuisteis a verme… estuve en la cárcel y NO fuisteis a verme”. A buenos entendedores…
Un abrazo muy cordial a tod@s .-Faustino

PD.- Soy creyente y sacerdote. Me declaro creyente y confieso que a lo largo de mi vida una de las metas que me han fijado ruta es el intento de ser coherente.
Con esto que cuelgo y escribo  solo pretendo facilitar la posibilidad de que reflexionemos. Y creo, transcurrida la festividad del Corpus que la realidad grita la necesidad de esta reflexión desde la fe y la coherencia con ella.
Por eso he colgado el artículo de Vilabrille porque, sin dramatismos, creo aporta materia para ayudarnos a reflexionar. Yo añado algunos otros puntos que también pueden servir.


El día del Corpus celebré la eucaristía en dos parroquias de dos pueblos distintos donde no salía procesión del Corpus. En ninguna de las dos estuvieron ninguno de los niños de los que dos semanas antes habían hecho la primera comunión (Perdón en una hubo una niña con su madre). En otro pueblo cercano, donde sí saíía la procesión del Corpus y los niños de comunión volvían a "disfrazarse" ,si estaban todos. En las dos primeras tampoco estuvieron ninguno de los padres y madres, tíos y abuelos que llenaron la iglesia. En el tercer pueblo estaban "las madres" y "fotógrafos" a discreción.
En una parroquia, me consta, se había trabajado en catequesis y en la pastoral la conexión e identidad de la comunión con Cristo y la solidaridad con el hermano y desde ahí valores tales como la austeridad, la sencillez, el servicio. Sé que, incluso en alguna ocasión se había comentado como propuesta, "no de ley", celebrar la primera comunión empleando lo que fuera a gastarse en algún proyecto solidario al desarrollo, a catástrofes humanas, etc. Obviamente la propuesta quedo arrumbada. Pero en esa misma parroquia, el día de la primera comunión, había en la puerta, esperando a una de las niñas neocomulgantes, una limusina.


Por último Toledo, Sevilla, Granada,...  sacaron, sin rubor, sus magníficas custodias por las calles. Fiestas de Interés Turístico. Ministros (de Justicia, etc) en los actos. Arzobispos, obispos, pastores, presidiéndolas en medio de semejante esplendor pero donde las ovejas que son solamente ovejas del rebaño del Señor, quedan mucho mas lejos que un "tiro de piedra". Pues yo les confieso que sí siento rubor ante estas custodias y procesiones. En cierta ocasión, allá en América, por otros motivos, yo estaba mostrando a un grupo fotografías de la custodia de Toledo. Les explicaba el trabajo de orfebrería, sus dimensiones, que estaba hecha de oro y plata sobredorada, etc. Entonces uno de los del grupo, sin segundas intenciones, creo, me preguntó que de dónde habían sacado en España tanto oro y tanta plata, pues yo les comentaba que custodias magníficas las había en casi todas las catedrales y en muchas parroquias de España. Me sentí pillado. Tuve que reconocer que a España llegaba mucho oro y plata  América, cuando las colonias.(Otro no llegaba porque los piratas ingleses lo apresaban y otro porque iban a pagar a los banqueros alemanes y holandeses las deudas reales) Lleno de rubor me acordé de Potosí (Bolivia) y de la masacre de indígenas que la extracción de estos metales supuso. !Oro y plata de sangre y de esclavitud para hacerle custodias al Cuerpo de Cristo!
¿Es la presencia de Cristo lo que nos mueve, y la comunión con él, haciéndonos nosotros también presencia, lo que celebramos o el "becerro de oro" (ídolo) que hemos hecho de la Eucaristía?
Solo quería decir, para terminar, que me parece importantísimo y fundamental la presencia de Cristo, en la que creo, pero que considero pecado lo que a partir de ella entre unos y otros hemos montado. Y por la parte que me pueda tocar, sinceramente, pido perdón
José Luis Molina


sábado, 17 de junio de 2017

HAY QUE HACER ALGO MENOS LA INDIFERENCIA O LA INHIBICIÓN


Creo que el asunto está llegando a palabras mayores. Cuando nos toca de cerca vienen los lamentos. Mienras tanto hemos estado pasando del tema con una postura de un cierto menosprecio. Colocarlo aquí es intentar aportar un granito de arena en la toma de conciencia al respecto



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jueves, 15 de junio de 2017

SI EL CALOR TE DA UNA TREGUA O ESTÁS EN UN LUGAR FRESQUITO Y QUIERES PENSAR UN POCO, PINCHA EN LOS SIGUENTES LINK´S





De verdad os va a gustar.

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lunes, 12 de junio de 2017

FIESTAS DE SAN ANTONIO EN EL BOSQUE

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Estos videos los dedico, de manera especial a mis gentes de Intiruna, en Ecuador, para que recuerden el taller de sevillanas de hace unos años, pero también  para todos los que los vean con el deseo de que los disfruten. Son lindos de verdad

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miércoles, 7 de junio de 2017

¿Quién resucita hoy?

por Blogger
index-anastasis-icon
MARÍA TERESA SÁNCHEZ CARMONA, teresa_sc@hotmail.comSEVILLA.
ECLESALIA, 17/04/16.- ¿Quién no ha sentido, en algún momento de su vida, la experiencia de morir? ¿Quién no ha sufrido el dolor físico, casi somático, de una separación indeseada, de una palabra mal dicha, de un proyecto que se trunca, de un no sentirse comprendido o aceptado?
Cada uno de nosotros lleva grabadas infinitas pequeñas muertes en su geografía íntima. A veces tan pequeñas que no dejan cicatriz visible, pero aun así muy grandes. Lo suficiente como para que nos permitan reconocer esas mismas señales de dolor en otros cuerpos y rostros: las bolsas bajo los ojos de la señora que coge el autobús a las seis de la mañana, el ceño fruncido del funcionario que apenas musita un buenos días, el temblor en la voz de quien recuerda aquel amor del pasado, la inseguridad de la adolescente que se compara con sus amigas, la frustración del que no tiene trabajo, o de quien se busca cada mañana en el espejo y no se encuentra. No hace falta tener grandes problemas para sentirnos morir un poco (¿cuántas veces habremos alzado al cielo de otros ojos nuestra plegaria sentida y sincera, como diciendo calladamente: “¿por qué me has abandonado?”).
Sí, cada uno de nosotros es un testimonio encarnado de resistencia, de resiliencia (ahora que tanto se emplea esta palabra), de aprender a respirar hondo y reencontrar el ánimo, “el ánima”, ese soplo vital que nos mantiene vivos. Porque estamos hechos para resucitar. La nuestra es una bella historia de resurrección, un milagro de fortaleza en la fragilidad que nos impulsa una y otra vez a despertar del letargo, a ponernos en pie, afianzarnos sobre la tierra, dejar atrás nuestras fosas y encierros, y seguir caminando con la cabeza erguida y el pecho descubierto. Para volver a la vida, sí, pero no a la de ayer. Resucitar es recrearnos entrañablemente: asomarnos a aquello que nos duele y acariciarlo como quien unge el cuerpo o los pies de la persona amada. Acoger, aceptar, amar, conmovernos desde las entrañas. Y atrevernos a salir, sin pudor, expuestas las heridas en señal de victoria, más conscientes de nosotros mismos, renacidos y aún dispuestos a hacerlo todo nuevo.
La anastasis es ese dinamismo interno que todos y todas experimentamos al sentirnos liberados de nuestros miedos e infiernos. De nada sirve admirar este milagro de la Pascua cristiana, este rito de paso o transición, si después no lo reconocemos en nuestra vida cotidiana. Y de poco sirve, además, esta experiencia de sanación personal si no transforma nuestro modo de contemplar a los demás y convivir con ellos. Quien ya pasó por una situación parecida comprende a quien ahora está sufriendo, sabe escuchar (porque también un día necesitó esa acogida), sabe acariciar con palabras y con gestos, domina el lenguaje de la ternura, y sabe conceder espacio, tiempo y dignidad a quienes se encuentran librando esa dura batalla. Porque un día fue también la suya; porque es la de todos.
Cada uno de nosotros está llamado a ser testimonio de resurrección para quienes no alcanzan a ver (y aguardan anhelantes) el estallido del alba. En silencio, nos decimos: “Yo pasé por ese trance que tú atraviesas hoy y salí fortalecido. Sé de tu dolor y me conmueve. Y en cuanto quiera que venga a partir de ahora, no estarás solo/a. Seguimos adelante. Estoy contigo”. Ayudarnos a vivir, ayudarnos a morir: he aquí el milagro que se entreteje cuando dos o más personas se reconocen desde la com-pasión y el amor. La radicalidad de este sentir común, de esta comunión que se llena de sentido por lo sentido, nos moviliza e interpela a adoptar una nueva manera más sensible, empática y receptiva de estar en el mundo. Renacidos una y otra vez de tantas pequeñas crisis, albergamos en nosotros un espíritu de sabiduría y fortaleza que nos impulsa a ser portadores de paz, “resucitadores” de otros.
Luego están esas otras muertes: las que nos arrancan de nuestro lado y para siempre a las personas que amamos y que nos aman, y dejan henchido de ausencia el espacio que antes ocupaba su figura. Hermoso y triste vacío habitado. Quien más, quien menos, sabe a qué me refiero. Hace algo más de dos años perdí a mi mejor amigo y no ha pasado un solo día en que no lo haya recordado. Como la Magdalena, también yo fui al sepulcro para visitar y honrar el último lugar en la tierra donde reposó el cuerpo de mi amigo. Sabía que no lo encontraría allí, que aquel nombre sobre esa lápida fría poco o nada podría decirme del hombre que yo había conocido. Fui, no obstante, porque más allá del vértigo que produce el abismo, somos materia en busca de un abrazo. Y, como hemos hecho tantos, lloré junto a su tumba la tristeza de no volver a verlo. Enterramos a nuestros muertos pensando que con ellos muere también una parte de nosotros mismos, una determinada manera de pronunciar nuestro nombre, retazos de una historia hecha recuerdos.
Transcurre el tiempo (tres días, tres meses, tres años) y, en un determinado momento, incomprensiblemente, ciertos lugares parecen reavivar en nosotros aquella presencia tan amada. Resuenan en lo profundo sus palabras, como el eco de una musiquilla que creíamos olvidada. Comenzamos a revivir instantes y destellos de experiencias compartidas. Y descubrimos con sorpresa que los consejos y enseñanzas de las personas que amamos todavía nos acompañan, nos conforman e iluminan el camino. Así debieron sentirlo los discípulos de Jesús (mi espíritu permanece con vosotros), siendo en realidad una experiencia al alcance de todos. Y cuando esto ocurre, nace en los labios (rebosa del corazón) la sonrisa cómplice y serena de quien, al fin, comprende todo. Y sabe (porque lo ha experimentado) que el milagro de la Vida que se entrega sin medida consiste en un irse dando poco a poco, en un quedarse en los demás cada vez con mayor hondura, en un dejar los corazones sembrados con la belleza de los encuentros.
También era esto, resucitar: un reavivar muy dentro esa mirada que alguien (Alguien) nos regaló un día, haciendo que ya nada volviera a ser lo mismo. Un abrirse a la certeza de un Amor partido y repartido, capaz de inaugurar otra forma de comunión y de presencia. Y un alegrarse sin medida y un agradecer el poder transformador de ese Amor. Agradecer siempre. Porque, al cabo, ¿quién no ha tenido alguna vez esta experiencia de resurrección? (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).